El Camino Adecuado

La sensación de que algo te falta, no es difícil de imaginar y sobre todo no llega en el momento. Lo primero que sientes, es que se te entumece el corazón, y que el tiempo se para por unos instantes. Después, buscas lo que quiera que te falte, y cuando lo encuentras, empieza el dolor agonizante y la culpa nos invade, al saber que algo que amamos nos ha sido arrebatado.

¡Hola papá!.- digo, dirigiéndome a la humilde lápida, depositando un colorido ramo de flores.

Los tres años que llevo viniendo al cementerio, siempre me he fijado en la frase que adorna la lápida; pero nunca he llegado a entenderla: “Siempre hemos intentado descubrir cosas nuevas, cosas de mayor interés, pero hay cosas de más utilidad, que aquellas que podemos encontrar”.

Pero tras leer una y otra vez sus cartas (cartas que mandaba a sus compañeros, también biólogos marinos) le encontré un poco de sentido a la frase.

Sin más demora, me subí al Fiat 500, que había dejado aparcado en la entrada del cementerio, y fui hasta mi casa, no muy lejos de allí.

Scott, mi pequeño pastor alemán, vino a saludarme al marco de la puerta, pero sintiéndolo mucho lo ignoré, y dejé que mi mente me guiara hasta la que era la habitación de mi padre. Debajo de la cama, había una pequeña caja de madera, que custodiaba los objetos más valiosos para él: dentro, había una foto de mi madre sentada en un precioso jardín repleto de flores, leyendo. Otra foto, pero esta vez era yo la que aparecía, yo estaba pintando un dibujo, y tenía toda la cara manchada. Lo demás eran objetos que se había encontrado, en las largas horas que pasaba en el mar: un diente de tiburón, un bote de arena blanca, una brújula…

Esta última, llamó bastante mi atención, era un objeto raro pero hermoso, era una pequeña brújula de latón, que tenía grabada una estrella de cuatro esquinas en la cubierta, lo que vi dentro, fue lo que más me desconcertó. El fondo de la brújula, era oscuro como la noche, y miles de puntitos destellaban en su interior.

Pero no era como otra brújula cualquiera, donde deberían aparecer los puntos cardinales, se encontraba una frase escrita: “Yo no te voy a encontrar lo que buscas, sólo soy un medio que te guiará hasta tu destino”.

En ese momento, tras leer en alto la frase, la manecilla de cobre empezó a girar y a girar sin parar. Tras unos inquietantes segundos de desconcierto la manecilla se tensó, y me dirigí hacia donde me señalaba, fuera de la casa.

Al cabo de un rato, me di cuenta de que la brújula me llevaba hacia la playa. La playa estaba desierta y un color anaranjado cubría el mar a lo lejos. Una sensación de calma me inundó al oír el subir y bajar de las olas. Ya me había olvidado de la brújula cuando la manecilla se quedó inerte en mi mano.

Bruscamente, desapareció la sensación que minutos antes me había tranquilizado y adopté una pose abatida tirándome al suelo sin esperanza ninguna, ya que no tenía nada a lo que aferrarme, me dirigí a la orilla, donde el agua me recibió empapándome los pies.

Miré detenidamente mi reflejo en el agua, cosa que hizo darme cuenta de una cosa. Volví a por la brújula que estaba cubierta de arena, mientras caminaba de vuelta a la orilla, la manecilla se tensó de nuevo, cosa que me hizo correr.

Yo dentro del agua, hasta la altura de la cadera, no me hizo falta ninguna brújula, ya sabía perfectamente, lo que mi padre quería que buscara.

Nosotros las personas nos hemos equivocado, y lo seguiremos haciendo siempre, lo más importante no es lo material, ni la riqueza, ni nuevos parajes. Porque nada de eso nos sirve sin encontrarnos, sin saber como somos, sin buscarnos…Solo tenemos que encontrar el camino adecuado.

EVA ARAÑA MOLINA

Un comentario Añadir valoración

  1. carmen maria dice:

    guao me ha dejado sin palabras..solo un simple felicitaciones y gracias por compartir tu don….

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