El profundo abrazo del Sueño… o… ¿Pesadilla?

Caminaba lo más rápido que podía. De repente, la capucha de mi capa se cayó hacia atrás, revelando mi identidad. Acto seguido, alguien dio la alarma. Empecé a correr, mi trenza, entrelazada con pequeños copos de nieve, rebotaba sobre mi hombro izquierdo.

Miré hacia atrás, y me encontré con el pueblo mirándome, sorprendido, además de alguno que otro gritando mi nombre. Los guardias me seguían y, a lo lejos, vi cómo mis padres se asomaban al balcón. Vi un brillo de furia en la mirada de mi padre, mientras mi madre me suplicaba silenciosamente que volviera. Vi cómo una cabecita también se asomaba y, al ver que se iba corriendo, tuve que volver la cabeza pues, si no, iría como una loca hacia ella. Pero, al fin, había escapado de las clases de desfiles, de qué cuchara elegir, y de todas esas cosas aburridas.

Noté cómo se me nublaba la vista mientras iba directa hacia el lugar donde no me encontrarían o no se atreverían a entrar: El Bosque de la Estrella. Me adentré en el bosque y me metí dentro de una cueva, tan bien oculta, que solo podría encontrarla un ojo experto. Me senté en el suelo para coger aire, mientras pequeños sollozos se colaban entre jadeo y jadeo. Me dolía el pecho por haber dejado a esa cabecita castaña que adoraba. Pero, en fin, había escapado, y ese era el plan principal.

Estaba segura de que no me encontrarían, ya que les llevaba mucha ventaja. Tenían miedo a entrar al bosque y la cueva estaba muy bien escondida. Contuve el aliento al oír los pasos del General que, después, se paró enfrente de la cueva. No moví ni un músculo, mi oído estaba alerta y mis ojos sin perder detalle de lo que veía a través las plantas que, colgando, escondían la cueva. Oí como el general dio alguna orden. Cuando los pasos y el eco de mi nombre por todo el bosque cesaron, me asomé. Vi cómo todos los guardias se iban. Ya no quedaba nadie. Metí la cabeza de nuevo, me quité la capa de terciopelo negro, y cerré del todo mi grueso abrigo de tela polar, a pesar de que la cueva estaba resguardada del frío. Puse la capa en el suelo y mi cabeza encima de ella. Me acosté, y me dejé caer en el profundo abrazo del sueño… o… ¿pesadilla…?

El sonido de un disparo me despertó, me dolía todo el cuerpo, la cabeza me estaba dando tumbos por culpa de la pesadilla, y la barriga me estaba gruñendo de hambre, pero ignoré estas sensaciones. Me asomé fuera. Lo primero que vi fue el atardecer, que era precioso. El sol ocultándose tras los árboles, el cielo teñido de rojo y naranja… cerré los ojos y noté la cálida caricia de los últimos rayos del sol en mi rostro, calmando mi mareada cabeza, cuando otro disparo me sacó de la agradable sensación de calor de hacía unos momentos. Cogí la capa, y fui corriendo hacia el lugar de donde provenía el disparo, mientras me subía la capucha. No era muy difícil de seguir, ya que se oyeron muchos más mientras corría. Llegué al sitio, y el escenario que vi, me dejó horrorizada. Era la pesadilla que una vez tuve en mi casa. Exactamente el mismo cazador, en el mismo sitio y el mismo animal.

Un lobo, de un pelaje blanco y brillante, manchado de rojo, estaba acurrucado al pie de un árbol, a punto de recibir el golpe de gracia. Me interpuse entre él y el cazador. El cazador dijo algo por lo bajo que no alcancé a escuchar, pero no me importaba. Me bajé la capucha y le dije que se fuera. Al verme, en la cara se le dibujó sorpresa y temor. Susurró un “Perdone, Señorita Alexándrovna” y se fue. Alexándrovna. Mi apellido. Los Alexándrovna siempre habíamos estado en lo más alto. Oírlo de nuevo me hacía pensar en mi hermanita, mi madre, mis amigas criadas… todo lo relacionado a mi casa, menos mi padre. Antes a lo mejor lo habría hecho, pero ahora…

Un aullido me sacó de mis pensamientos a la fuerza, recordándome por qué estaba ahí. Me giré y bajé la mirada, y, cuando vi su tamaño corporal y sus dientes, ambos pequeños, me sorprendí. Era un lobezno. Se debía de haber separado de su madre mientras huía. Le examiné rápidamente, me quité la bufanda y se la enrollé en el torso, donde se había cortado bastantes veces al durante la huida. Por suerte, no le dio ninguna bala, solo había perdido un poco de sangre. Lo cogí con cuidado entre mis brazos, y fui corriendo hasta la cueva. Lo deposité suavemente en el suelo, para después salir pitando al bosque a buscar ingredientes para hacer un ungüento curativo y leña para hacer un fuego. Cuando lo tuve todo, lo llevé a la cueva y comprobé el estado del lobezno. Al ver que seguía vivo, me subí la capucha mientras corría hacia el pueblo. Fui al mercado a comprar todo lo que necesitaba (intentando que nadie me reconociera). Menos mal que cogí dinero, pues compré bastante. Volví a la cueva corriendo, hice una hoguera y puse una olla, con un poquito de agua y unas pocas hierbas curativas, encima. Serviría. Mientras, yo me dispuse a trocear, mezclar y machacar en un cuenco todo lo del ungüento.

Cuando todo estuvo listo, eché el agua en el cuenco y me puse a removerlo. Ya hecha, quité la bufanda con la que estaba taponando las heridas del lobezno y le puse el ungüento. Mientras se lo iba poniendo en las diferentes heridas, me puse a pensar en los días en los que éramos felices, una familia unida… un recuerdo vino a mi mente repentinamente. El día en el que mi abuela me enseñó cómo elaborar el ungüento, el que yo le estaba aplicando al lobezno, y sus recetas secretas.

Era un día soleado, tendría unos diez años, y mi abuela y yo estábamos paseando por el pueblo, cerca del bosque. Cuando llegamos a la entrada del bosque, íbamos a darnos la vuelta y volver, cuando vi a un lobo cojeando. Tiré de la mano de mi abuela hacia el lobo, diciéndole que había que curarlo, que no podíamos dejarlo así. Mi abuela estuvo de acuerdo conmigo y, cuando ya habíamos calmado al lobo, ella sacó un frasco, en el cual había un espeso líquido morado. Abrió el frasco, cogió un poco y se lo puso en la herida, para después vendarla. Sí, mi abuela tenía en su bolso un pequeño kit de primeros auxilios. Después de unos minutos, el lobo se puso a cuatro patas, sin esfuerzo. Mi abuela le quitó la venda y le hizo una especie de señal, indicándole que ya el corte de su pierna estaba curada. Al parecer, el lobo lo entendió, pues hizo un gesto de cabeza en agradecimiento y se adentró en el bosque de nuevo. Tras esa pequeña demostración, le insistí a mi abuela una y otra vez que me enseñara, y, después de varios intentos fallidos, cedió. Una sonrisa se me dibujó en la cara al recordar a mi abuela, siempre tan feliz, siempre tan… ella.

Un gemido me devolvió a la realidad. Cuando volví del mundo de mis recuerdos, me di cuenta de que, involuntariamente, había enrollado las vendas, perfectamente puestas, en su torso. Lo miré, su pelo blanco brillante, la sangre manchando las vendas, su cara. La mandíbula, antes tensa, se relajó, señal de que ya los cortes estaban cerrados. También me fijé en una pequeña mancha negra en la que no había caído antes. Debajo de su ojo derecho. Le quedaba precioso. De repente, una idea cruzó mi mente. Le acerqué la mano, pero no le toqué, si no que la dejé en frente de su cara. Él inclinó la cabeza y cerró los ojos, haciendo que mi mano tocara el pelaje del animal. Este gesto significaba que el lobezno confiaba en mí. Durante esos breves momentos en los que estuve así, todo a mi alrededor se esfumó; solo estábamos él y yo. Cerré los ojos y disfruté de la magnífica sensación. No sé cuánto tiempo estuvimos así, pero a mí me parecieron los más perfectos del mundo.

Un minuto después, estaba dándole carne de ciervo que había cazado. Estaba comiéndoselo con gusto, mientras yo ponía un trozo de pescado en una cazuela y se calentaba. Sólo tenía eso para ponerlo ahí. Pero igualmente, comimos con gusto. De repente, una luz iluminó la cueva entera. Supuse que era la luna pero… no. No podía ser, ya que cuando yo había empezado a hacer el ungüento, ya era de noche, y la Luna brillaba en el cielo, pues estábamos en las épocas de oscuridad durante todo el día. Al sentir esta repentina luz, el lobezno se puso a cuatro patas, sin esfuerzo, como el otro lobo, y yo, entendiendo que tenía que quitarle las vendas, se las quité. Las heridas ya estaban curadas, solo había una pequeña cicatriz.

Salió fuera de la cueva y le seguí para verle una última vez, pero, para mi sorpresa, no se fue corriendo hacia las entrañas del bosque. Se quedó fuera de la cueva. Lo que la iluminaba no era la luna, sino una gran estrella blanca que emitía una luz cálida y brillante. El lobezno se subió a una roca alta que no había visto antes. Ahí subido, la luz bañó al lobezno, dejándolo fuera del alcance de mi vista. Cuando se bajó del “pedestal” de piedra, no me encontré con un lobezno manchado de sangre y con pequeñas cicatrices, sino con un lobo majestuoso, el pelaje de un blanco inmaculado, el cuerpo fuerte y ligero, las patas más ágiles y rápidas, la cola estilizada que embellecía la imagen, la mandíbula tensa y la mirada feroz, siempre alerta. Cuando una voz dulce y melodiosa resonó en mi cabeza, me asusté. Miré a todas partes, pero no había nadie, salvo el lobo. El lobo. ¿Podría haber…? Acertaba.

Tranquilícese, Señorita Alexándrovna, soy el lobo que usted salvó. Bueno, soy una hembra, me llamo Maia. Soy la hija del jefe de la manada. Gracias por salvarme.

La miré embobada. Se me fue la voz de la sorpresa. ¿Acaso existían lobos que podían hablar mentalmente y que, tras ponerse debajo de una estrella, cambiaban de ser un lobezno a un majestuoso lobo? Me fijé en lo que antes era la pequeña mancha. Ahora era un sol. Seguía admirándola, hasta que, por fin, mi voz volvió. Cuando pude hablar, solo acerté a pedirle explicaciones sobre lo que acababa de pasar; y a decirle que podía llamarme por mi nombre de pila, ya que teníamos confianza tipo chica-animal.

Verás, Aleksandra, soy de la manada de los Lobos Estrella, una de las únicas del País de la Luz, nuestro país natal. Somos el único clan que habita en vuestro mundo de mortales. Nuestro país está lleno de seres Estrella y los mortales creen que somos un mito. El símbolo que tenemos bajo el ojo indica que somos este tipo de animales. Por saber, ¿eres la nieta de Evgenia Alexándrovna?

Asentí. Vale. Esto no estaba pasando. Una loba recién convertida me estaba hablando mentalmente y me estaba asegurando que los mitos que mi abuela me leía de pequeña eran, todos y cada uno de ellos, verdadero. Las etapas de cambio, de lobezno negro, a lobo negro y de lobezno blanco, a lobo blanco. Y que una chica que cuidaba de estos tipos de seres fantásticos, tenía sueños. Y también recordaba que podían leer mentes. Todo era verdad.

Perfecto. No te asustes por tus sueños o pesadillas. Son visiones. Porque tú eres la nueva curandera y sucesora de tu abuela, puesto que fue la curandera anterior, del País Luz. Tendrás una vida normal, solo que te vendrán visiones y se te llamará cuando se te necesite.

Hizo un movimiento con la pata en el suelo. El símbolo del sol que tenía. No sabía que los Lobos podían dibujar, pero bueno. De repente, una luz me cegó y, cuando volví la vista para ver qué fue lo que había resplandecido, vi el collar de mi abuela, aquel que siempre llevaba puesto. De oro, con el símbolo que marcaban a los animales Estrella colgando. En el medio del sol, colgaba una campanilla. Quería tocarla, para ver cómo sonaba. Maia me lo entregó y, al tocar la campanilla, no sonó. Volví a tocarla, nada. Oí cómo Maia aullaba, y, entonces, sonó.

Con este collar sabrás cuando te necesitamos. Solo sonará si te llamamos nosotros. Ya lo sabrás casi todo por tu abuela, pero te lo recordaré igualmente. Cada 6 horas aparece el sol del tiempo del País Luz, y con él, estos “pedestales” de piedra en los que todos los Lobos Estrella, de este mundo mortal, deben subirse. Cuando el sol le da a los Lobos, se convierten y cambian, pues necesitan la magia que hay en el País Luz. Debemos cambiar, porque, si no, perderemos nuestros poderes y envejeceremos como lobos normales. Te recordaré nuestros cambios. De medianoche a 6 de la mañana somos lobeznos negros con una mancha blanca bajo el ojo derecho. De 6 de la mañana a mediodía, somos lobos negros con una luna debajo del ojo derecho, y podemos comunicarnos mentalmente. De mediodía a 6 de la tarde, somos lobeznos blancos con la mancha que ya conoces y, de 6 de la tarde a medianoche, somos lobos blancos con el sol que ya conoces. Ah, y toca tres veces en la estrella del techo de la cueva, y después canta la canción que te enseñó tu abuela cuando tenías 8 años. No preguntes, solo hazlo. Si me necesitas, toca tres veces la campanilla, aunque no suene, y di “Te necesito, compañera” e iré á tu lado. Pasará lo mismo cuando yo, o nosotros, te necesitemos a ti. Recuerda todas y cada una de las cosas. Ahora me voy a cazar. Adiós, Aleksandra, te quiero.

Y se fue corriendo hacia las entrañas del bosque. ¿A qué se refería con lo de los toques y la canción? ¿Acaso se iba a abrir un portal mágico, como en algunos libros que había leído, que me llevaría a otros lugares? No lo sé, pero lo iba a saber dentro de poco. Descubrí la estrella cuando hice lo que la loba me ordenó. Y, como si de algún sueño se tratase, la pared del fondo se deslizó a un lado, y mi abuela apareció. Estaba de pie, en una cocina que parecía de una casa. Pero, si estábamos en una cueva, ¿cómo…? No lo terminé de pensar, pues un grito involuntario salió de mi garganta, gritando la pregunta que siempre le quise formular desde que desapareció. Que dónde había estado. Me miró y me dijo que entrara. Y así lo hice. De repente, estaba en una cocina muy acogedora y, por un ventanal, se veía el Bosque de la Estrella. Había estado escondida en una casita de campo en las montañas, ayudada por los Lobos, durante todo el tiempo que había estado desaparecida.

Había sufrido, no tenía a nadie a quien enseñarle sus recetas curativas más recientes, ni nadie con quién dar un paseo. Los lobos suponían una gran compañía, pero solo durante 12 horas, cuando se convertían en lobeznos y jugaban. Me dijo que se había ido por que necesitaba tomarse un respiro de la realeza. Yo, en cambio, huía de mi padre. Él, desde que cumplí los 11, había estado todos los días encima de mí diciéndome todo el rato que algún día gobernaría, puesto que yo, Aleksandra Alexándrovna, como hija mayor del rey y la reina de Rusia, era la heredera al trono. Huía de ser reina, de mi padre, siempre agobiándome con el tema, también con el de deshonrar el nombre familiar y con el de tener que casarme dentro de poco con un hombre al que, ni amaba, ni conocía. Sabía que mi padre se preocupaba por el pueblo ruso, pero si tanto se preocupaba, no sabía por qué no eligieron a mi hermanita, pues era muy amada, y reinaría con más justicia y amor que yo.

Al cabo de una hora charlando y aprendiendo cosas nuevas (hechizos mayores que, al cabo de 10 minutos los manejaba á la perfección , recetas médicas…), le pedí a mi abuela que volviera conmigo a palacio, a casa. Pero me advirtió de que algo ocurriría con los cazadores ilegales, porque había tenido una visión, pero muy borrosa, casi indescifrable. Eso me asustó. Yo también había soñado con algo parecido. De repente, la campanilla del collar empezó a sonar y se oía un “Te necesito, compañera”. Me despedí de mi abuela y salí por donde había venido, encontrándome con mi peculiar cueva. Toqué la campanilla, y, mágicamente, aparecí detrás de una Maia en posición de ataque mirando a un… a un cazador ilegal. La palabra se repitió en mi cabeza una y otra vez. Tenía que estar dormida, tenía que ser la pesadilla de nuevo. Era igual. Todos los seres Estrella estaban a un lado en posición de ataque, mientras que en el otro lado, diez cazadores ilegales. Y, sobre un charco de sangre y en medio de los dos bandos, un lobo, más grande que Maia, tenía una bala en el estómago. Maia me dijo, con su voz mental ronca y llena de odio hacia el otro bando, que habían matado a su tío. Lo mismo que había ocurrido en a la pesadilla.

Pero esto no era la pesadilla. Era real. Y debía pararlo como fuera, pues guerra, sangre y la posible destrucción de los animales Estrella, vendrían sin pausa y a gran velocidad si no paraba esto. Cerré los ojos y apreté los puños, con tanta fuerza, que los nudillos se me pusieron blancos. Estaba tan centrada en un hechizo mayor que mi abuela me había enseñado antes, que no me di cuenta de que la seguridad del suelo bajo mis pies se esfumaba y me alzaba más y más, pasando por encima de los árboles más altos del bosque. Notaba fuego corriendo por mis venas, y mi pelo, una trenza deshecha dorada y rubia, cayó por mi espalda sedoso y limpio, como si de una cascada reflejada por los últimos rayos del sol se tratase. Al erguirme, unas emplumadas alas color oro salían de mi espalda y se abrían majestuosamente, mientras unas esferas de fuego se formaban en mis manos.

Dicen que todos los sueños se hacen realidad. Pero se olvidaron mencionar que las pesadillas también son sueños…

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