El mar

El mar fue el elemento inspirador para estas historias que formaron parte del trabajo realizado para el Día del Libro.  Un mismo estímulo generó historias tan dispares, a la par que brillantes en su género.

Autores: Eva Araña Molina y Carmen Martel Wiegers (3ºESO)

SUEÑOS

A LA DERIVA

Sueños a la deriva.

Misurata, Libia.

4/5/17

No sé cuándo volveré, ni siquiera sé si volveré. Hace más de tres horas que me subí a este camión, rodeada de gente que conozco desde que era pequeña y a otras que no tanto. Sé que no debería estar triste por irme de Libia, porque quedarse sería como apuntarme una pistola a la sien, pero no puedo evitar pensar que ha sido mi casa, donde he crecido, aquí he tenido algunos buenos momentos, puede que más malos que buenos, pero sigue siendo mi hogar. Sé que el destino que me espera, me abrirá un mundo lleno de posibilidades, y que por las mañanas no me despertaré con el miedo de “¿sobreviviré hasta mañana? “o “¿estará bien mi familia, o los habrán asesinado mientras dormían?”.

Eso ya se acabó, allá adonde voy, la gente no tiene miedo de salir a la calle, no tienen miedo de reírse en voz alta o de ser felices, no tienen miedo de ser libres…

Sé que allí en Italia, podré cumplir mi sueño de ser escritora, y además también quiero ir a clases para que me enseñen a escribir mejor, ya que en Misurata solo pude aprender lo básico, gracias a un joven voluntario, que vino a ayudar a las familias más desfavorecidas de mi pueblito. Él estuvo 2 meses con nosotros, nos hicimos muy buenos amigos ya que me pasaba todas las tardes con él mientras me enseñaba a leer y a escribir, hasta que un día dejó de venir a la plaza en la que nos sentábamos, mientras yo le esperaba día sí y día también… no sé por qué se habrá ido sin despedirse, pero seguro que fue por algo urgente.

No sé si en Italia me seguiré llamando Ayo, o Ashanti, no sé a lo mejor me ponen un nombre italiano, eso me gustaría mucho… la verdad, aunque ahora que lo pienso nunca he tenido un nombre propio, ya que cuando nací me pusieron Ashanti que significa “gracias”, debido a que nací 2 semanas después de que cayera una devastadora bomba en mi pueblo, por lo que la gente me consideró como un milagro, pero aun así me llaman Ayo que significa “alegría”, así que ni siquiera tengo muy claro quién soy.

– Ashanti, vamos ya hemos llegado a Túnez – me avisa mi hermano pequeño, Kiros, emocionado saltando del camión.

Me apuro a guardar la roída libreta en la que escribía, en una pequeña mochilita, mientras sigo a mi hermano al exterior.

Un extraño estremecimiento de admiración, miedo y esperanza me recorrió la espalda hasta perderse en las puntas de mis pies. Ver el precioso y extenso mar ante mí, me hizo darme cuenta de que esto no era un sueño, era verdad y cada vez estaba más cerca del final.

No éramos el único camión que se encontraba allí, en total éramos 5 camiones, y calculo que más o menos unas 60 personas. Como teníamos que embarcar de noche nos pasamos todo el día montando un pequeño campamento de descanso, para recuperar fuerzas para el arduo camino que nos esperaba.

A eso de las 9 de la noche, los hombres que conducían los camiones, unos robustos y tatuados hombres, con aspecto peligroso, salieron y repartieron pan y agua a todos los grupos. Cuando nos sentamos todos alrededor de una pequeña hoguera a comer, me senté al lado de una jovencita que estaba sola, más o menos de unos 16 años como yo, cubierta con un burka negro, lo único que le podía ver eran sus preciosos ojos azules, pero cuando los escruté con mayor precisión, pude ver que brillaban de miedo. Seguramente era por la presión de todo lo que iba a pasar en tan solo unas horas, pensé para mis adentros, así que me acerqué para decirle algunas palabras para tranquilizarla.

  • Hola, me llamo Ayo. No tienes por qué estar nerviosa por esto, ya verás que llegaremos tan rápido que no te darás ni cuenta. – terminé con una sonrisa cariñosa.

La chica me escrutó con una mirada cargada de curiosidad, como si fuera la primera vez que veía a alguien como yo, pero de repente giró la cabeza hacia atrás, donde un gran hombre barbudo vestido con una túnica color crema, se acercaba con paso furioso hacia nosotras. Antes de que el hombre llegara a nosotras, volvió a girar la cabeza hacia mí, donde pude ver que el miedo que tenía esa chica no era por la travesía, sino por ese hombre, sus ojos se volvieron más vidriosos y noté como se le agolpaban las lágrimas en las mejillas.

  • AMINA, ¿Qué te he dicho de que vayas por ahí hablando con la gente? A saber, que le habrás dicho a esa mocosa, ¿Qué te creías que eras libre de hacer amigos? Eso sí que no,

la gente va a creer que no sé cómo tratar a mi esposa…- gritaba el enfurecido hombre, mientras arrastraba a Amina tirándola del brazo y esta se retorcía en disculpas.

Esto pasó ante la atenta mirada de todos, quienes nos quedamos en un largo e incómodo silencio, en el que lo único que se oía eran los gritos de Amina a lo lejos. No volví a saber nada más de ella.

Las 3 horas que siguieron, todo el mundo iba de aquí para allá, los niños jugaban, en los que se incluían mi hermano y sus amigos, los mayores hablaban de que era una buena noche para lo que íbamos a hacer, ya que todo estaba en calma y el cielo no parecía querer traer tormenta, otros tan solo se ponían a rezar, da igual la religión de la que fueran, ellos rezaban y rezaban, mientras que yo, me quedaba en el mismo sitio viendo como las llamas de fuego titilaban ante mis ojos, y pensando en que todo lo que le estuviera pasando a la pobre Amina era culpa mía, ella no había hecho nada, ella solo se había sentado sola en una piedrita a comer lejos de la civilización, y ahí estaba yo acercándome a ella para entretenerla y animarla, mientras ella sabía como iba a acabar eso, e intentó decírmelo con esa mirada cargada de miedo, que yo no supe entender.

-ES LA HORA, VAMOS QUE NO TENGO TODO EL DÍA- rugió uno de los grandes camioneros, sacándome de mis pensamientos- ¡MUJERES EMBARAZADAS Y NIÑOS EN UNA FILA, YAAA!

Rápidamente sin pensárnoslo 2 veces le hicimos caso, agarré a mi hermano de la mano colocándome en la fila, diciéndole adiós con la mirada a mis padres, quienes nos sonrieron con nerviosismo.

Era muy difícil avanzar por el tambaleante bote, y más porque los horribles hombres no paraban de gritarnos y empujarnos como animales. Una vez todos dentro lanzaron un cierto número de chalecos salvavidas, que eran menos de la mitad de nosotros, así que la gente empezó a pelearse por ellos. Una embarazada cerca de mi hermano consiguió agarrar uno y se lo pasó a él por la cabeza, antes de que pudiera darle las gracias, lanzaron un pequeño saco de pan y una caja de botellas de agua.

Sin más demora uno de ellos le dio una patada al bote para que avanzáramos, mientras se ponía a contar el dinero que había ganado al dejarnos poner nuestras vidas en sus manos, por lo que no se había dado cuenta de que un hombre estaba apunto de subir. El hombre al dar un paso en falso cayó al mar entre el puerto y el bote, él empezó a

chapotear intentando llegar hasta nosotros pidiendo ayuda, mientras que los horribles monstruos que esperaban en el puerto se reían del sufrimiento del pobre hombre, poco a poco los únicos movimientos que hacía eran espasmódicos, hasta que finalmente no volvió a moverse, ante nuestra atenta mirada.

-SUERTE- gritó uno de los gorilas a lo lejos estallando en carcajadas entre sus compañeros.

Silencio, solo silencio, mientras avanzábamos a través de la oscuridad sin rumbo, a lo lejos, podía oír los leves sollozos de la mujer del hombre que se ahogó, eso me produjo un enorme vacío en el pecho y pensar que a lo mejor no llegaríamos a donde queríamos, y sobre todo miedo, mucho miedo…

Poco a poco iban pasando los días, unos mejores que otros pero no podíamos pedir más debido a las circunstancias, la mujer que le había puesto el salvavidas a mi hermano, murió dos días después de zarpar, ya que dio a luz y ninguno pudimos hacer nada para que ella y su hijo sobrevivieran, y como ella muchas más, todo iba como en bucle, nos levantábamos, contábamos las muertes de esa noche y llorábamos por ellos, hasta que finalmente los acostábamos sobre la superficie del mar, y veíamos como sus cuerpos flotaban alejándose hasta perderse en el horizonte.

En ese momento me di cuenta de que llegáramos o no… todo ya estaba perdido, ninguno de los que aún seguíamos en el barco seríamos los mismos al llegar a tierra, no teníamos futuro ya, jugábamos un papel en una historia que nadie leería, porque a quién le importábamos, a nadie, no le importábamos a nadie, porque si le hubiéramos importado a alguien no estaríamos aquí, si le hubiéramos importado a alguien seguiríamos en nuestras casas y no tendríamos miedo, seríamos felices…, pero claro nadie piensa en la gente como nosotros, NADIE.

Y ahora es cuando me doy cuenta, cuando veo tantos sueños a la deriva

Eva Araña Molina.

3º ESO

Atren

14 de mayo, 1919.

« Hace muchos años, existían los más grandes océanos y los más limpios mares. Cuenta la leyenda que, entre estos últimos, se encontraba el mar más amplio en aquel entonces, el llamado mar Omnia. Rodeaba una pequeña isla llamada Atren, que estaba inhabitada. En la orilla de la isla, la arena era blanca y suave al tacto, y el agua era tan cristalina, que se decía que podía reflejar tu alma. Aquel excéntrico mar era el hogar de muchas criaturas y plantas marinas, y, entre ellos, existía un reino, Atlas, donde habitaban las más exóticas criaturas, como las sirenas.

Pero una extraña noche de verano sin luna ni estrellas, un malvado hechicero, desde lo alto de un acantilado a un lado de aquella hermosa playa, maldijo la belleza de aquel paisaje, contaminándolo sin piedad. Un fuerte viento dejó un asqueroso  rastro de basura sobre la blanca arena. A su vez, unas enormes nubes negras se posaron encima del mar y la verde isla, desatando una feroz tormenta. El mar, antes en calma, se revolvió, haciendo que la belleza única de Atren solo se convirtiera     en árboles rodeados de playas sucias y un turbio mar.

Los negros ojos de aquel hechicero brillaron con malicia al observar el desastre que había creado. Saltó al vacío, pero mientras caía, una nube negra lo rodeó. Cuando aquella extraña nube desapareció, ya no había ni rastro de aquel hombre. Nunca más se supo de él, solo el método y el tiempo que se disponía para salvar la isla,    además de la tragedia que sucedería si aquel desastre no se arreglaba. La  respuesta para poder devolverle a la isla su espectacular belleza, se hallaba en un enigma tallado en el tronco del árbol más antiguo de Atren:

“No busco lo que todos piensan, no busco tampoco lo extraño, busco algo que pocos tienen, aquello que todos necesitamos.

El tiempo corre, el tiempo vuela,

tenéis solo hasta la luna de sangre

para salvar la Tierra.

Si la luna de sangre aparece

y la isla con sus seres no se pudieron salvar, decidle adiós al planeta,

porque todo se contaminará.

Pero, ¡cuidado!

Aquel que se atreva a probar por avaricia, aquel que se atreva a probar por fama,

un castigo las ninfas me reclaman.”

Dicen que todo aquel que intentó salvar la isla, de un modo u otro, nunca más se les volvió a ver. ¿Es la muerte el castigo? »

03 de octubre, 2123.

La pequeña niña de cinco años escuchaba con gran atención a su madre. Se sumergía tanto en la historia, que cuando la protagonista saltaba, ella daba un pequeño brinco en la cama, cuando sonreía, ella también, si se sorprendía por algo, la niña también lo hacía. Su madre miró el reloj colgado en la pared y cerró el libro. Arropó a su hija y le susurró un “Buenas noches” antes de apagar la luz y cerrar la puerta. La niña cayó en un profundo sueño. O eso creía ella.

Mientras, fuera de la habitación de la niña, la madre suspiró con pesadez y dejó una cadenita colgando del pomo de la puerta, que simulaba ser el fondo del mar. La mujer se alejó y se fue a su habitación, encontrándose a su marido ya descansando tras un duro día de trabajo. Se cambió de ropa, de su uniforme de oficina a un bonito y elegante vestido blanco. Se puso una corona de flores blancas y salió por la puerta de su casa, creyendo que nada ni nadie se había dado cuenta. Pero una pequeña niña lo veía todo desde la ventana de su habitación.

Al día siguiente, la niña se despertó, aún preguntándose a donde había ido su madre por la noche. Abrió la puerta de su habitación, encontrándose con el collar que anteriormente se le había dejado ahí. Era una cadenita con una sirena de plata colgando de ella. Con una tipografía muy bonita, se veía su nombre grabado. “Hannah”. La niña, Hannah, cogió el collar entre sus pequeñas manos y se dirigió hacia la habitación de sus padres. Abrió la puerta con cuidado y vio a su padre caminando sin parar de un lado a otro de la habitación. Hannah dejó el colgante caer, haciendo un pequeño ruido metálico que alertó a su padre. Ella fue corriendo hacia donde estaba y le abrazó. No preguntó qué pasaba, pues ya lo sabía: su madre había desaparecido.

Recogió la cadenita del suelo, le pidió a su padre que se lo abrochase y volvió de nuevo a su habitación. Cogió el viejo libro que su madre le leía por las noches y lo abrió, revelando unas delicadas páginas amarillentas escritas a mano. No sabía que decía, pues aún no sabía leer del todo bien. Aún así se sabía su historia favorita entera de memoria. Cómo la chica protagonista que se llamaba igual que ella lograba salvar Atren cuando le quedaba poco tiempo.

Unas horas después, vio a su padre hablando con unos hombres uniformados. Estaban registrando la casa entera, pero ella no quería que entraran a su habitación. Ahí dentro estaba escondida la puerta a su guarida secreta, donde guardaba todo lo que coleccionaba, con ayuda de su madre, todo tipo de cosas marinas. Era como el sitio secreto de ambas. Forcejeó cuando su padre la cogió para alejarla de ahí, y lloró cuando vio cómo los hombres se llevaban todas las cosas que tenían relación con su madre. Entre sus sollozos, oyó la voz de su padre       tratando de calmarla, diciendo que pronto las volvería a tener. Ella solo rodeó el cuello de su padre con sus pequeños brazos y dejó más lágrimas caer. ¿Y su madre? Nunca más volvió a verla.

27 de junio, 2135

Estaba acostada en su habitación. Escribía un poema, reflejando sus pensamientos en él. ¿Algo raro para una chica de diecisiete años? Puede, pero eso era lo que a ella le gustaba. Su madre le había inculcado la escritura y la lectura de pequeña, y siempre estaría agradecida por ello. Su madre. Su cariñosa madre. Llevó su mano derecha hacia su collar, tocando la pequeña sirena que colgaba de éste.

Un nudo se formó en su garganta al pensar en ella. Respiró fuertemente para deshacer el nudo que le impedía hablar. Cuando se calmó, leyó el poema en voz alta.

Han pasado doce años desde que no está conmigo.

Doce años sin sus cálidos abrazos,

su amor, sus sabias palabras de aliento.

Doce años sin su alegría, su sonrisa, sus bailes locos en la cocina.

Y la gente se pregunta,

¿No debo de haberlo superado?

La respuesta es no, siempre fue no. Y es que han pasado doce años desde que se fue sin regresar, desde que la vi por última vez.

¿Hice algo mal?

Un gran perdón te pido. Porque te he esperado, y no has aparecido.

¿No te gustaba cómo vivías?

¿Te herí mucho?

Lo siento. Por cualquier cosa que hice, pero lo siento.

Porque yo te quiero aquí, a mi lado sonriendo, hablando y riendo,

no en algún lugar desconocido.

Quiero llorar, gritar y mucho más, pero eso no haría nada.

Porque han pasado doce años,

y tú, mamá, no estás aquí conmigo.

Justo al terminar de leerlo, un resplandor dorado la envolvió, haciéndole cerrar los ojos con fuerza para no dañar su vista.

Un momento después, abrió los ojos. Una figura había aparecido delante de ella. Al verla, los ojos se le cristalizaron, y los latidos de su corazón empezaron a acelerarse. Cuando ella le sonrió, Hannah notó como las lágrimas resbalaban por su mejilla. Se cubrió la boca con la mano, tratando de silenciar los pequeños sollozos que soltaba involuntariamente. No podía ser.

No había envejecido nada en los doce años que habían pasado. Su cabello castaño le llegaba por la cintura y sus ojos esmeralda brillaban con un deje de nostalgia.

Llevaba un vestido blanco y una corona de flores en la cabeza, justo como cuando la

había visto por última vez. Su gran y adorada madre.

—Hannah cariño… cuánto tiempo. —Hannah no pudo más y rompió a llorar. Trató de abrazarla, pero solo consiguió abrazar aire—. Tranquila, no llores. Soy un holograma y lo que vas a ver ahora también, pero es lo que será de nuestro planeta cuando aparezca la luna de sangre.

Su madre le señaló la ventana. Cuando se fijó en la ventana para ver el familiar paisaje de la playa, éste ya no era el mismo. Todo estaba contaminado y asqueroso.

—Escúchame bien hija mía, porque lo que te voy a contar es de suma importancia.

«Mi verdadero nombre es Netra, diosa de la naturaleza y reina de Atren. Tuve que irme de casa porque faltaba muy poco tiempo y debía estar ahí todo el tiempo.

Nunca quise alejarme de ustedes. Pero aún así te vi crecer, y déjame decirte que estoy muy orgullosa de ti.

Estos años he estado investigando, y me he dado cuenta de que la leyenda fue escrita por el propio mago. Y no entiendo nada. Tu siempre fuiste muy intuitiva, por lo que necesito que me ayudes. Por favor.»

Y de un asentimiento de cabeza, Hannah aceptó.

CONTINUARÁ…

Carmen Martel Wiegers

3 ESO

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